Los sueños del color
Desde caramelos y golosinas encofrados en estilizadas formas florales, hasta exultantes señores enlazados en lucha caballeresca, es el triunfo de la variedad de matices pictóricos lo que define la joven y honda pintura de Simon Boyd. Si toda obra es autobiográfica, la suya lo es de manera social y personal a un mismo tiempo: escruta nuestros abismos, reinterpretando los arcanos y perennes relatos sobre los conflictos entre orden y caos, luz y obscuridad, disciplina e irreverencia.
Mismidad

Una de las características fundamentales de la obra de Simon Boyd (Londres, 1978) es su especial relación con el color. Lo pictórico, con toda su corporeidad, se plasma de manera exquisita y vibrante, permitiéndonos observar giros sensibles hacia la pintura despojada de cualquier exceso racional.
Pinceladas reveladoras de su formación británica, al igual que acuciantes atmósferas azules, rosas y celestes, y una observancia compositiva fresca, aunque dinámica, posibilitan afirmar la existencia de percepciones íntimas sobre las sintonías universales que engarzan el color y la forma al volumen y la línea. Semejante mismidad de la experiencia plástica coloca a este artista entre quienes valoran la mirada despierta del que cierra las ojos para ver (Paul Gaughin). Y no es fácil cerrar los ojos. Implica hurgar en uno mismo, olvidando paulatinamente todo lo existente. Quien despierta a tamaño viaje sabe que nada conservará, perdiendo incluso el pensamiento.

Pintar

Un día, bajo el sol luciferino de una tarde de otoño, Simon pronunció algunas palabras de profunda resonancia oriental: quiero pensar menos y pintar más. Enseguida comprendí algunas de sus imágenes: los seres nobiliarios unidos en combate - e incluso las riñas de gallos - son, en verdad, la excusa que inicia el dialogo poético con los tonos ámbar, carmín, opalino y magenta; señalan vocabularios asociados a la armonía, el compás, la delicadeza y lo sutil. El lirismo de los choques corpóreos sugiere sensibilidades ilimitadas que acompañan la espiritualidad latente de óleos y pinturas en aerosol. Los tonos se desparraman cuan fantasmas, proponiendo la flotación de figuras, ritmos y concinidades visuales. Los movimientos de las entidades elevan la temperatura de cada obra, registrando destellos solapados, bailes incandescentes, y perspicaces emergencias del caos.

Alquimia y Luz

La negación de la pureza, que tanto se vincula a lo mutante y a la migración, nos comunica con la potencia de lo confuso y nebular. Simon Boyd traslada la pintura hasta sus fundamentos, hundiéndola en visiones tan místicas como proféticas; visiones donde todo semeja un sueño, quizá el recuerdo nostálgico de juegos y vivencias infantiles.
En algunas de estas visiones la luz aparece a chorros, como si fuera un fulguroso rayo astral que baña porciones enteras de la existencia. La imagen se detiene en ese instante, congelando el proceso, enfriando la alquimia y exasperando nuestra imaginación. De ahí el carácter ritual y primigenio de esas obras: nos conectan delicadamente con antiguas piedras pintadas en cuevas y aleros, invocando efluvios internos, conmoviéndonos ante el drama indescifrable de la vida y la muerte; nos vuelven Génesis y Apocalipsis en un simple instante de intensa y espiritual reverberación cromática. Es el color, entonces, más que el sentido de las formas, aquello que - en este artista inglés - nos conduce al éxtasis de lo estético, procurando el triunfo de la belleza ante un mundo ya demasiado saturado de mentiras, crímenes y asaltos. La justicia triunfa por la acción intransigente de lo bello, y lo bello vitorea en los sueños del color.

Miguel Ángel Rodríguez